“Serán las ocho y media”, se dijo.
Un fino hilo de sudor ejercía de aguja su reloj en su espalda. La otra, el sol entrando oblicúo y reflejándose en el borde de la tulipa de la lamparita.
Y de despertador, el toc-toc de su hermana en la puerta, con el correspondiente: "¿Se puede?".
- Sí, claro, es tu casa. Buenos días.
- ¿Has dormido bien? ( notó cierto énfasis en la pregunta)
- Si. ¿Por qué?
- Amaneció un cojín trás la puerta de la cocina, y la sábana colgada en perchero de la entrada.
- ¿ De veras? -Tanteó el sofá para comprobar si estaba allí o no.
- ¿Vuelves a tener episodios de sonambulismo?
No creía haber tenido alguno de adulto. Sí cuando niño. Días en los que cualquiera de las sábanas de su cama, la almohada, o incluso la pesada manta, sembraban el pasillo del hogar, marcando el trayecto de su peripicia nocturna. Que muchas veces acababa de bruces contra la puerta del dormitorio de sus hermanos mayores.





