Su padre era realmente estricto con el horario veraniego..Tenían terminantemente prohibido salir de tres a cinco y media. Eso es lo que duraba la siesta, sagrada en su casa.
Así que vetado el salir, los juegos y el ruido. Se cerraba la verja.
Sin embargo en cuanto se acostaba su padre, intentaban o bien saltarla o acceder al chalet de sus vecinos y amigos a través de un pozo común.
El pozo estaba custodiado a ambos lados por puertas de chapa verde que permitían el acceso a las viviendas colindantes. Era circular, angosto, con una tubería metálica, también verde ,en medio, que abastecía de agua a las piscinas de sendos chalets.
Sólo alguien extremadamente delgado, o un niño, podría pasar de un lado a otro sin romperse la cabeza.
Ese día, intentaron cruzar al chalet de sus amigos a través de él. Pero al ir al darle la mano a su hermano para que lo hiciese con él, éste, miedoso, le dió un tirón. Haciendo caer con ello a Rubén.
Al zambullirse se golpeó en la cabeza. Primero con la tubería y luego con un cubo que solía usar su padre para enfriar la sandía y que flotaba en el fondo, abriéndose una pequeña brecha en la frente.
El agua estaba casi helada, tiritaba. Al mirar hacia arriba vió la cara de pánico de sus amigos y a su hermano gritando
-Papá, papá
-No lo avises, tonto, que nos castigará. ¿Por qué me empujaste? Verás cuando salga.
Pudo al fin gritarle, creando un iracundo eco que casi absorbía la cara de los tres niños.
Intentó salir, trepando por la tubería que le raspaba, en los vanos intentos, sus pequeñas rodillas. Resbalaba una y otra vez. Los alaridos de su hermano, a los que ahora se habían sumado los de sus amigos, hicieron despertar a su padre que apareció en calzoncillos con su abuelo. Se asustó cuando vió la expresión de miedo en su cara.
Le tiraron una cuerda, que le rozó el cabello, pero que no le hicieron inmutarse.
-Agárrala, Rubén.
Pero rehusaba cogerla.
Ateridas las piernas y azulados los labios, permanecía abrazado a la tubería. Pensaba en mil formas de darle salida a la rabia contra su hermano al que creía seguro le había empujado. Éste, arrinconado detrás de su madre en simétrico llanto, lo sabía.
Rubén miraba hacía el agua, donde caían unas minúsculas gotitas formadas por la sangre de la herida, la pintura verde que se le había adherido al golpearse y lágrimas arrastradas a su paso. Creando banderitas concéntricas que observaba ensimismado expandirse al contacto con el agua.
Oía de fondo,las voces de todos. Le fallaban las fuerzas. No quería que su abuelo lo viese llorar.
Si miraba hacía arriba veía un infernal coro, de chillidos, y miedo. Dónde la única voz amiga era su abuelo, contrapuesta a la exasperada de su padre,
- No seas cabezón, Rubén, coge la cuerda.
No atendió a las palabras. Sólo se fijó en la calva morena de su padre donde se reflejaba el sol y las gotas de sudor se desprendían en forma parecida a la de los personajes de tebeo que él leía.
La voz de su abuelo, ahora, parecía más tranquila, a ella se agarró.
-Mírame a mí , Rubén, te prometo que tu padre no te castigará.
Apenas tenía fuerza ni consciencia. Llevaba una hora en el agua. El coro de bramidos era cada vez mas tenue. A su mirada y voz se asió.
Por fin cogió con las amoratadas manos la soga, se le figuró alambre al roce con sus manos.